Hay momentos en la vida en los que uno no puede seguir avanzando sin detenerse un instante a mirar hacia atrás. No necesariamente para arrepentirse, ni para regresar, sino para intentar comprender qué ha ocurrido y, sobre todo, quién es uno después de haber tomado determinadas decisiones.
Este lunes firmé la ratificación de mi divorcio.
Sobre el papel, apenas unos minutos, unas firmas y un procedimiento jurídico que pone punto final a una historia de más de treinta años. Pero hay decisiones que duran mucho más que el tiempo que tarda en firmarse un documento. Hay actos que, aunque sean breves, contienen dentro de sí una vida entera: una familia, una casa, unas rutinas, unas obligaciones, unas seguridades y una determinada manera de reconocerse a uno mismo.
Al salir de allí sentí que algo había terminado definitivamente. Y, paradójicamente, también que comenzaba una especie de interrogatorio interior.
¿Estoy donde quiero estar? ¿Estoy donde debería estar? ¿Las decisiones que he tomado me han acercado realmente a la vida que deseo o simplemente me han alejado de la que ya tenía?
Quizá las crisis vitales tengan algo de eso: no consisten únicamente en sufrir por lo que hemos perdido, sino también en descubrir que todavía no sabemos con exactitud qué vamos a ganar.
Durante muchos años tuve una vida construida. Con sus problemas, sus renuncias y sus contradicciones, por supuesto, pero también con una estructura. Había una casa, una familia, unas costumbres, una economía más previsible y una cierta sensación de seguridad. No necesariamente era la vida que quería continuar viviendo, pero sí era una vida conocida.
Y lo conocido tiene un enorme poder psicológico.
La estabilidad, incluso cuando no nos hace plenamente felices, proporciona una sensación de control. Sabemos dónde estamos, cuáles son nuestras obligaciones y, más o menos, qué podemos esperar del día siguiente. Romper con eso implica algo más que cambiar de circunstancias: significa aceptar una dosis importante de incertidumbre.
Y yo decidí hacerlo.
Volví a la Unidad. Recuperé una parte de mi identidad profesional que para mí tiene un significado profundo. Pero lo hice a unos seiscientos kilómetros de la persona con la que quería compartir mi vida.
Ahí aparece una contradicción difícil de ignorar.
Tomé una decisión buscando recuperar una parte de mí mismo y, al mismo tiempo, esa decisión me ha colocado físicamente lejos de una vida cotidiana que también necesitaba.
Doce horas de carretera. Kilómetros y kilómetros. Miles de euros que desaparecen en combustible, peajes y mantenimiento. Fines de semana que muchas veces se reducían a un día y unas horas. Llegadas que contenían ya, casi desde el principio, la conciencia de una próxima despedida.
Y las despedidas terminan convirtiéndose en una especie de pequeña fractura repetida.
Uno aprende a vivir con ellas, pero eso no significa que dejen de pesar.
A veces me pregunto si todo esto tiene sentido, también hoy día que la distancia se ha reducido a la mitad...
No porque dude de aquello que siento. La pregunta es otra. Mucho más incómoda.
¿Tiene sentido haber puesto mi vida patas arriba para encontrar una vida que, precisamente ahora, parece tan difícil de construir?
Porque una cosa es querer a una persona y otra muy distinta es preguntarse si las circunstancias permiten construir con ella una vida compartida.
Ahí está, quizá, la diferencia entre el amor como sentimiento y el amor como proyecto.
El sentimiento puede existir incluso en la distancia. Puede sobrevivir a kilómetros, horarios, cansancio y despedidas. Pero un proyecto necesita algo más: tiempo, presencia, decisiones, recursos, espacio y, sobre todo, la posibilidad de compartir lo cotidiano.
Y eso es precisamente lo que ahora me falta. Al menos entendido en un contexto "normal"...
No echo de menos únicamente grandes planes. Echo de menos lo pequeño.
Despertar juntos sin que haya que pensar cuándo termina el fin de semana. Desayunar tranquilamente. Hacer la compra. Pasear a los perros. Volver del trabajo y encontrarnos. Compartir una cena cualquiera. Estar juntos incluso cuando no estamos haciendo absolutamente nada.
Porque quizá la verdadera medida de una relación no se encuentra únicamente en los momentos extraordinarios, sino en la capacidad de compartir la normalidad.
Y yo estoy viviendo una relación en la que muchas veces la normalidad se ha convertido en un acontecimiento.
Por eso me cuestiono.
Ahora que mis posibilidades materiales son más limitadas, ahora que muchas decisiones tienen un coste que antes no tenían, ahora que el margen económico se ha estrechado y que la distancia condiciona tantas cosas, ¿puedo realmente construir un proyecto de vida nuevo?
¿Puedo hacerlo solo?
¿Puedo hacerlo acompañado?
¿Puedo construirlo desde las circunstancias actuales o necesito primero transformar esas circunstancias?
Son preguntas que no tienen una respuesta inmediata.
Y quizá lo más difícil sea aceptar que algunas decisiones fundamentales de nuestra vida no vienen acompañadas de garantías.
Cuando somos jóvenes solemos imaginar que las grandes elecciones conducen hacia lugares concretos. Estudiar, trabajar, formar una familia, comprar una casa, cambiar de ciudad... Parece que cada decisión debería llevarnos progresivamente hacia una versión más estable de nosotros mismos.
Pero llega un momento en que uno descubre que la vida adulta no funciona así.
A veces avanzamos y perdemos seguridad.
A veces ganamos libertad y perdemos estabilidad.
A veces encontramos una parte de nosotros mismos justo cuando nuestra vida exterior se vuelve más complicada.
Y entonces aparece una pregunta especialmente dura: ¿cuánto de lo que tenía merecía ser conservado?
No es fácil responder.
Porque aquello que dejé atrás no era únicamente un conjunto de bienes materiales. También había una tranquilidad asociada a ellos. Una sensación de tener una estructura. Una cierta previsibilidad.
Y ahora tengo menos de todo eso.
Por eso, en algunos momentos, aparece la tentación de pensar que quizá habría sido más inteligente no mover nada. Permanecer. Conservar. Evitar el terremoto.
Pero también sé que permanecer no siempre significa estar bien.
Hay decisiones que se toman porque quedarse quieto tiene un coste que no aparece en una cuenta bancaria. El coste de sentir que uno está viviendo una vida que ya no reconoce como propia. El coste de renunciar progresivamente a determinadas necesidades personales. El coste, incluso, de convertirse en alguien que sobrevive con comodidad pero sin sentirse verdaderamente presente en su propia existencia.
Y eso también es una forma de pérdida.
Quizá por eso me resisto a juzgarme con demasiada dureza.
¿Me he equivocado? No lo sé.
¿He tomado decisiones difíciles? Sin duda.
¿Han tenido consecuencias importantes? También.
Pero convertir una decisión difícil en la prueba de que uno es una mala persona sería demasiado sencillo.
Las decisiones humanas necesitan contexto. Necesitan comprender qué buscábamos, qué nos faltaba, qué esperábamos encontrar y qué estábamos dispuestos a asumir.
No creo que una persona sea buena o mala únicamente por haber cambiado de rumbo.
Somos mucho más complejos que eso.
También existe una culpa silenciosa que aparece cuando uno comprueba que sus decisiones afectan a otras personas. La culpa puede ser útil cuando nos ayuda a reconocer responsabilidades, pero puede convertirse en una carga destructiva cuando transforma cualquier necesidad propia en egoísmo.
Y quizá estoy aprendiendo precisamente eso: que cuidar de uno mismo no significa necesariamente dejar de cuidar a los demás.
Que tener derecho a buscar una vida diferente no convierte automáticamente en injusto aquello que dejamos atrás.
Ahora me encuentro en un territorio extraño.
Ya no soy exactamente quien era, pero todavía no he llegado a ser quien quiero ser.
Estoy entre dos vidas.
Una que conozco y que ya no existe de la misma manera, y otra que todavía está por construir.
Ese espacio intermedio es incómodo porque carece de certezas. No hay garantías de que dentro de cinco años mire hacia atrás y piense que todo tuvo sentido. Tampoco sé qué decisiones tendré que tomar todavía, qué sacrificios quedarán por hacer o qué cosas tendré que reconstruir desde cero.
Pero quizá la madurez consista, en parte, en aprender a convivir con esa incertidumbre.
No exigirle a la vida respuestas antes de haber tenido tiempo de vivir las preguntas.
Hay algo, sin embargo, que permanece cuando todo lo demás se mueve.
Entre las dudas económicas, las distancias, los viajes interminables, los horarios, las despedidas y el miedo a no saber si seré capaz de construir algo nuevo, existe una certeza que no necesito someter constantemente a examen.
Cuando imagino el futuro, hay una persona que aparece...
No es una ardilla, aunque es curiosa e inquieta como tal. Es como es, perfecta e imperfecta a la vez. Inteligente e inocente a partes iguales. Hermosa y sencilla sin contrastar. Cariñosa y temperamental cuando debe serlo...Alguien que tras concer, quieres pasar el mayor tiempo posible a su lado compartiendo experiencias, cosas, risas, abrazos...
No aparece necesariamente en grandes escenarios ni en fotografías perfectas, sino en esas escenas pequeñas que tantas veces son las que realmente importan: una casa, unos perros, una conversación al final del día, una caminata, una cena cualquiera, una mañana sin prisas.
Quizá por eso duela tanto la distancia.
Porque no se trata solamente de querer llegar a algún sitio. Se trata de querer llegar a una vida.
Y todavía no sé exactamente cómo será esa vida, dónde estará, cuánto costará construirla ni cuánto tendré que cambiar para conseguirla.
Pero quizá no todas las decisiones importantes necesitan la certeza de un resultado. Algunas necesitan simplemente la convicción íntima de que aquello hacia lo que caminamos merece el esfuerzo de intentarlo.
Este lunes terminó oficialmente una vida.
Ahora toca descubrir qué hago con la que queda.
Y tal vez la pregunta no sea si todo lo que sacrifiqué merecía la pena.
Quizá la verdadera pregunta sea qué estoy dispuesto a hacer, a partir de ahora, para que aquello por lo que decidí cambiar mi vida llegue algún día a parecerse a la vida que imaginé.
Porque todavía hay carretera por delante.
Y, aunque a veces no sepa exactamente dónde termina, sé perfectamente hacia quién quiero que me lleve.