Hay verdades que duelen por lo que cuentan. Y hay otras que duelen por lo que revelan de nosotros mismos.
Durante mucho tiempo he convivido con la idea de haber cometido errores. Errores importantes, incluso graves. He podido decir cosas que no debía, actuar desde la frustración, exigir más de lo razonable, ser egoísta, impaciente, hostil o poco considerado. Como cualquier persona, arrastro decisiones de las que no me siento orgulloso y conductas que, vistas con perspectiva, desearía haber gestionado de otra manera.
Sin embargo, hay determinadas revelaciones que tienen la capacidad de atravesar todas las defensas que uno construye alrededor de sí mismo.
Hace poco recibí una de ellas.
No fue una discusión. No fue una acusación. No fue un reproche lanzado desde el resentimiento. Fue algo mucho más difícil de escuchar: una descripción sincera de cómo se vivió una experiencia compartida que, para mí, había significado algo completamente diferente.
Descubrir que una persona participó en algo que realmente no deseaba hacer, que estuvo presente más por intentar aliviar mi malestar que por una voluntad propia y genuina, ha generado en mí un impacto emocional difícil de describir.
Lo que más me golpea no es únicamente el hecho en sí, sino las emociones que esa situación llegó a despertar en la otra persona.
Malestar.
Rechazo.
Incomodidad.
Sensación de haberse visto arrastrada a algo que no deseaba.
Incluso sentimientos cercanos a la repulsión por encontrarse inmersa en una situación profundamente personal que, en realidad, no quería estar viviendo.
Sé que las palabras importan y que existen diferencias fundamentales entre una experiencia traumática impuesta y una situación en la que una persona accede voluntariamente por motivos propios, aunque internamente no lo desee. Soy consciente de ello.
Pero también sé que escuchar cómo alguien llegó a sentirse dentro de una experiencia compartida resulta devastador cuando jamás habrías querido generar algo así.
Y ahí es donde aparece una de las emociones más difíciles con las que me he encontrado en mucho tiempo: el horror.
No el horror hacia otra persona.
No el horror hacia los hechos.
El horror hacia la posibilidad de haber provocado semejante vivencia en alguien a quien quiero.
Hay errores que uno puede integrar con relativa facilidad porque entiende de dónde vinieron. Puedes comprender por qué actuaste de determinada manera en un momento de enfado. Puedes reconocer una mentira, una palabra cruel o una reacción injusta.
Pero descubrir que alguien pudo sentirse emocionalmente violentado por una situación en la que tú estabas presente toca algo mucho más profundo.
Porque entra en conflicto directo con los valores que crees tener.
Puedo asumir que he sido inmaduro.
Puedo asumir que he sido egoísta.
Puedo asumir que he cometido errores importantes dentro de una relación.
Pero la idea de haber contribuido a que otra persona se sintiera atrapada en una experiencia que no deseaba vivir es algo que choca frontalmente con cualquier principio moral con el que me identifico.
Y precisamente por eso resulta tan difícil de asimilar.
Una parte de mí intenta entender el contexto completo. Los problemas que ya existían. El deterioro emocional acumulado. La situación concreta que ambos estábamos atravesando. Todo aquello que pudo influir en cómo se desarrollaron las cosas.
Pero otra parte de mí no deja de formular una pregunta incómoda.
Si he llegado a generar algo así en otra persona, ¿qué dice eso sobre mí?
Es una pregunta peligrosa.
Porque una cosa es analizar una conducta y otra muy distinta convertirla en una sentencia sobre el propio valor como ser humano.
En estos momentos noto cómo mi mente oscila constantemente entre dos extremos. Por un lado, la necesidad de comprender lo ocurrido y aprender de ello. Por otro, la tentación de construir una imagen monstruosa de mí mismo.
Una imagen que me define únicamente a través de mis peores errores.
Una imagen que ignora cualquier matiz.
Una imagen que transforma una conducta cuestionable en una identidad permanente.
Y sé que ese camino no conduce a nada bueno.
Porque el auto castigo puede parecer una forma de responsabilidad, pero no lo es.
La responsabilidad busca comprender.
El auto castigo busca destruir.
La responsabilidad permite cambiar.
El auto castigo únicamente mantiene a una persona atrapada en la culpa.
Por eso siento que ahora comienza un proceso complejo. Un proceso de asimilación, adaptación e integración emocional.
Necesito escuchar lo que se me ha contado sin intentar justificarlo.
Necesito aceptar el dolor que me produce saber cómo se sintió otra persona.
Necesito revisar mis conductas, mis actitudes y mis formas de relacionarme para evitar que algo parecido vuelva a suceder.
Pero también necesito evitar que esta experiencia se convierta en una excusa para hundirme en una dinámica de sabotaje personal.
Porque aprender requiere honestidad.
Y la honestidad implica reconocer tanto los errores como los límites de esos errores.
Hay algo más que quiero expresar.
A pesar de todo el malestar que me genera conocer esta realidad, siento una enorme gratitud.
Gratitud por la sinceridad.
Porque hablar de algo tan íntimo, tan delicado y tan emocionalmente complejo exige una valentía enorme.
No resulta fácil decirle a alguien cómo se vivió realmente una experiencia cuando existe el riesgo de herirle o de cambiar para siempre la imagen que tiene de sí mismo.
Por eso agradezco profundamente que se me haya contado tal y como se sintió y tal y como se vivió.
Sin adornos.
Sin suavizarlo.
Sin protegerme de la incomodidad que podía producirme escucharlo.
Ahora me corresponde hacer algo con esa verdad.
No para condenarme.
No para absolverme.
Sino para entenderla.
Porque quizá la cuestión más importante no sea decidir si soy una persona indeseable o no.
Quizá la cuestión sea preguntarme qué hago a partir de este momento con aquello que he aprendido sobre mí mismo.
Y aunque todavía no tenga una respuesta clara, sí tengo una certeza.
Prefiero enfrentarme a una verdad dolorosa que seguir viviendo dentro de una versión incompleta de la realidad.
Porque solo cuando somos capaces de mirar aquello que más nos incomoda podemos empezar a cambiarlo.
Y ahora mismo, por difícil que resulte, eso es exactamente lo que necesito hacer.
Y a pesar de ello, no puedo evitar preguntarme : Dios!, tan malo soy? Tan mal lo he hecho?
No comments:
Post a Comment