Hay tristezas que llegan de golpe, sin avisar, como una puerta que se cierra violentamente en mitad de una habitación. Y hay otras que no hacen ruido. Se instalan despacio, casi con delicadeza, hasta que un día descubres que llevan semanas viviendo contigo. No recuerdas exactamente cuándo llegaron ni qué día empezaron a ocupar más espacio del que les correspondía. Solo sabes que, cuando intentas mirar alrededor, todo parece estar cubierto por una niebla espesa que desdibuja los contornos de las cosas, altera las distancias y convierte incluso aquello que antes te proporcionaba cierta seguridad en algo extraño, lejano e incierto.
Creo que llevo un tiempo caminando dentro de esa niebla.
Quizá sean las últimas semanas. Quizá haya que remontarse a un mes atrás, o incluso más. No sabría establecer una fecha concreta, y eso me inquieta. Me gustaría encontrar un acontecimiento, una conversación, una decisión o una pérdida que pudiera señalar con el dedo y decir: ahí empezó todo. Necesito una explicación, una causa identificable, algo que permita ordenar este desasosiego y devolverle una dimensión comprensible. Pero no la encuentro. O, al menos, no encuentro una que explique la intensidad de lo que siento.
Lo extraño es que no necesariamente ha ocurrido nada que, por sí solo, justifique este estado. O quizá hayan ocurrido demasiadas cosas, acumuladas unas sobre otras, sin que haya tenido tiempo de procesarlas. A veces pienso que la tristeza no necesita un motivo proporcional a su intensidad. Basta con que encuentre un terreno vulnerable, una suma de incertidumbres, algunas heridas mal cerradas y demasiadas preguntas sin respuesta para empezar a extenderse.
Y entonces uno se descubre triste incluso cuando no está ocurriendo nada especialmente triste.
Últimamente escribo mucho en este blog. Muchísimo. Si alguien leyera mis últimas entradas sin conocerme, probablemente pensaría que me he quedado atrapado en un bucle, que he perdido la capacidad de hablar de cualquier otra cosa o que mi vida se ha reducido a una sucesión de reflexiones sombrías sobre mí mismo. Y, sinceramente, no podría reprochárselo. Empiezo a sospechar que hasta yo mismo debo de resultar bastante repetitivo.
La ironía es que escribo para encontrar claridad y, a veces, termino descubriendo nuevas razones para estar confundido.
Sin embargo, necesito hacerlo. Escribir se ha convertido en una forma de externalizar el ruido mental, de sacar de mi cabeza pensamientos que, cuando permanecen dentro, se mezclan, se contradicen y terminan adquiriendo proporciones difíciles de manejar. Ponerlos por escrito me obliga a observarlos, a darles una estructura, a distinguir lo que sé de lo que temo, lo que ha sucedido de lo que imagino que podría suceder. Es una especie de ejercicio de autoobservación, un intento de convertir el caos emocional en algo que pueda examinar sin sentirme completamente arrastrado por él.
No siempre funciona. Pero dejar de escribir tampoco parece una alternativa.
Quizá, en el fondo, esté intentando responder a una pregunta mucho más incómoda que todas las demás: ¿qué valoración hago de mí mismo cuando dejo de refugiarme en lo que he conseguido, en lo que he hecho por los demás o en la imagen que he construido de mí durante tantos años?
La validación personal es un concepto que puede sonar a terminología psicológica de moda, pero encierra una cuestión fundamental. Se trata de la capacidad de reconocer la propia experiencia, aceptar las emociones y construir una valoración de uno mismo que no dependa exclusivamente de la aprobación ajena. No significa absolverse de todo, justificar los errores ni convencerse de que uno siempre ha actuado correctamente. Significa aprender a mirarse sin necesitar una sentencia permanente, favorable o condenatoria.
Y aquí es donde empiezo a encontrarme con mis propias contradicciones.
He hecho cosas buenas con mi vida. Quiero creerlo, y tengo motivos para hacerlo. He ayudado a personas, me he entregado a causas que consideraba importantes, he querido con intensidad y he intentado estar presente cuando alguien me necesitaba. He asumido responsabilidades, he compartido esfuerzos y he procurado que mi paso por la vida de determinadas personas tuviera algún valor.
Pero también he manipulado. He engañado. He tomado decisiones egoístas y he fallado. Y no hablo únicamente de errores abstractos, de esas equivocaciones que uno puede reconocer con cierta comodidad porque pertenecen a un pasado remoto. Hablo también de personas a las que quería, personas que confiaron en mí y a las que, de una manera u otra, pude hacer daño.
No quiero esconder esa parte detrás de mis buenas acciones. Tampoco quiero utilizar mis errores para construir una condena total de mi persona. Ambas cosas serían formas de simplificación, dos maneras distintas de evitar el trabajo más difícil: aceptar que puedo haber sido alguien valioso y, al mismo tiempo, haber causado sufrimiento; que mis buenas intenciones no borran las consecuencias de mis actos, pero que mis peores decisiones tampoco explican por completo quién soy.
La responsabilidad exige mirar de frente lo que uno ha hecho. La culpa, cuando se convierte en una identidad, puede terminar impidiendo precisamente esa mirada. En lugar de preguntarme qué hice mal, empiezo a preguntarme si yo soy, esencialmente, alguien malo. Y esa diferencia, que parece pequeña, cambia por completo la naturaleza del problema.
Porque un error puede repararse, cuando es posible. Un daño puede reconocerse, aunque no siempre pueda deshacerse. Pero ¿qué se hace cuando la culpa deja de referirse a determinadas acciones y comienza a extenderse sobre toda la existencia? ¿Cómo se reconstruye una imagen de uno mismo cuando los recuerdos que antes proporcionaban orgullo empiezan a convivir con otros que provocan vergüenza?
No tengo una respuesta satisfactoria.
Quizá por eso estoy revisando tantas decisiones. Las últimas, especialmente. Algunas parecían razonables cuando las tomé. Otras respondían a necesidades que entonces me resultaban difíciles de ignorar. Pero ahora, al observar sus consecuencias, me pregunto si he elegido bien, si he confundido el deseo con la necesidad, si he actuado desde la convicción o desde el miedo a perder determinadas cosas.
Me pregunto también cuánto de mi situación actual responde a circunstancias que no puedo controlar y cuánto tiene que ver con decisiones propias. No quiero convertirme en alguien que atribuye su malestar al mundo, a los demás o a la mala suerte. Pero tampoco quiero caer en el extremo contrario y asumir que todo lo que me ocurre es consecuencia directa de mis errores.
Entre ambos extremos hay un espacio complejo, lleno de matices, en el que resulta difícil encontrar una posición estable. Y es precisamente ahí donde me encuentro: en una situación incierta, cuestionando decisiones, revisando vínculos, tratando de comprender qué quiero y descubriendo que algunas de las respuestas que antes consideraba evidentes ya no lo son tanto.
Esa incertidumbre está afectando a mi estabilidad emocional. Me noto volátil, con cambios de ánimo que no siempre comprendo y una sensibilidad que parece haberse intensificado. Hay momentos en los que consigo ordenar las ideas y recuperar cierta perspectiva. Después, sin que medie necesariamente ningún acontecimiento, vuelven las dudas, la tristeza y esa sensación de estar sosteniendo algo cuyo peso no sé calcular.
Y hay pensamientos que, por su gravedad, merecen ser nombrados sin eufemismos.
He contemplado el suicidio en varias ocasiones a lo largo de mi vida. No lo menciono porque sea una decisión que tenga ahora en mente, ni porque pretenda dramatizar mi situación. Lo menciono porque forma parte de mi historia y porque fingir que nunca ha estado ahí sería otra manera de ocultarme cosas a mí mismo. En determinados momentos, la posibilidad de dejar de existir ha aparecido como una idea vinculada al agotamiento, al dolor o a la dificultad de imaginar una salida. Reconocerlo no significa convertirlo en una solución ni restarle gravedad. Significa admitir que he atravesado lugares mentales en los que la vida se me ha hecho extraordinariamente difícil de sostener.
Quizá sea también por eso por lo que me preocupa tanto esta tristeza actual. No porque haya decidido rendirme, sino porque me desconcierta no saber de dónde viene, qué la alimenta y hasta dónde puede llegar si continúo sin comprenderla. Necesito tomarla en serio, sin exagerarla y sin minimizarla. Necesito encontrar una manera de hablar de ella que no sea ni una petición de compasión ni una exhibición de fortaleza.
Simplemente, necesito reconocer que está aquí.
A veces pienso que llevo demasiado tiempo intentando ser el hombre que debería ser: responsable, capaz, fuerte, generoso, coherente. Como si mantener esa imagen exigiera una vigilancia constante y no hubiera espacio para admitir que, debajo de todo eso, también existe alguien cansado, contradictorio, asustado por algunas de sus decisiones y necesitado de comprenderse.
Tal vez la madurez consista, en parte, en dejar de exigirnos una identidad perfectamente coherente. En aceptar que somos una acumulación de decisiones, circunstancias, deseos, errores y aprendizajes que no siempre encajan entre sí. Pero aceptar esa complejidad no elimina automáticamente el sufrimiento que produce. Comprender intelectualmente una contradicción no significa haber aprendido a convivir con ella.
Y yo todavía no sé hacerlo.
Por eso vuelvo a escribir sobre lo mismo. Otra vez la tristeza, otra vez las dudas, otra vez esa necesidad casi obsesiva de analizar lo que siento. Soy consciente de que corro el riesgo de convertir la introspección en una forma de rumiación, de darle tantas vueltas a las preguntas que termine fabricando más incertidumbre de la que pretendía resolver. También sé que hay momentos en los que pensar no basta, en los que uno necesita detenerse, pedir ayuda y aceptar que no todo puede solucionarse mediante el análisis.
Pero sigo intentando encontrar las palabras.
Quizá busque en ellas una forma de validación que no consigo proporcionarme por otros medios. No la aprobación de quien lea estas líneas, ni la absolución de quienes pudieron sentirse heridos por mis actos. Busco algo más elemental: poder reconocerme como una persona real, con sus luces y sus sombras, sin necesidad de inventarme una versión mejor de mí mismo ni de destruir la que queda cuando miro de frente mis errores.
No sé si estoy atravesando una crisis personal, un periodo de desgaste emocional o una de esas etapas en las que demasiadas cosas pierden temporalmente su significado habitual. No tengo un diagnóstico que explique lo que siento, ni una certeza que me permita anticipar cómo estaré dentro de unas semanas. Tengo preguntas, recuerdos, decisiones que revisar y una tristeza que ha ido creciendo lentamente hasta cubrir buena parte del paisaje.
Y tengo la sospecha de que, por debajo de todo ello, hay algo que todavía no he conseguido identificar.
No sé si necesito cambiar de rumbo, aceptar determinadas pérdidas, reconciliarme con algunas partes de mi historia o aprender a vivir con una versión de mí mismo que nunca había querido reconocer del todo. Quizá sean varias cosas a la vez. Quizá esté intentando resolver en unas pocas semanas cuestiones que llevan años esperando su momento.
Lo único que sé es que no me encuentro en una posición cómoda ni estable. Que las certezas que antes me sostenían parecen ahora menos firmes y que algunas de las decisiones que he tomado me han conducido a un lugar desde el que no alcanzo a distinguir con claridad el siguiente paso.
Y aquí estoy, escribiendo otra vez sobre mí, consciente de la repetición, incapaz de abandonarla y todavía sin saber si estas palabras me acercan a una respuesta o simplemente me ayudan a soportar, durante un rato, la ausencia de ella.
La niebla continúa ahí.
Y yo sigo intentando averiguar qué hay detrás.



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