Friday, October 16, 2026

A LA DERIVA, FLOTANDO EN UN MAR QUE NADIE MÁS PARECE VER...


Hay momentos en los que uno empieza a creer, casi con prudencia, que por fin está saliendo del lugar oscuro en el que llevaba demasiado tiempo viviendo. No es que todo se haya resuelto. Ni siquiera es que las heridas hayan cicatrizado. Simplemente, uno empieza a respirar de otra manera. Las cosas parecen encontrar cierto orden, las decisiones empiezan a adquirir un sentido y, por primera vez en mucho tiempo, uno se permite pensar que quizá el camino elegido, a pesar de su dureza, no conduce necesariamente al abismo.

Y entonces, sin que ocurra nada concreto, sin una discusión que lo explique, sin una pérdida que lo justifique, algo vuelve a romperse por dentro.

No sabría decir exactamente qué es. Esa es, precisamente, la parte más desconcertante. No hay un acontecimiento al que señalar con el dedo, una causa evidente a la que atribuir el malestar. No hay una puerta que se haya cerrado de golpe ni una despedida pronunciada en voz alta. Solo una tristeza que aparece, silenciosa, y comienza a ocupar espacios que creíamos haber recuperado.

Es como regresar a una habitación que uno pensaba haber abandonado para siempre y descubrir que, en realidad, nunca terminó de marcharse de ella.

Lo inquietante no es únicamente volver a sentirse mal. Lo verdaderamente perturbador es no comprender por qué. Porque uno puede aprender a convivir con el dolor cuando consigue reconocer su origen, cuando es capaz de nombrarlo, de mirarlo de frente y de encontrar alguna explicación que le permita integrarlo en su propia historia. Pero ¿qué hacemos cuando el sufrimiento aparece sin rostro? ¿Cómo se combate aquello que no sabemos identificar? ¿Contra qué luchamos cuando el enemigo parece habitar dentro de nosotros, pero no conseguimos distinguirlo de nuestra propia sombra?

Quizá lo más difícil de la vida no sea soportar las grandes tragedias, sino aprender a convivir con esas pequeñas fracturas interiores que aparecen precisamente cuando empezábamos a sentirnos a salvo.

En mi caso, hay días en los que vuelvo a experimentar esa extraña sensación de abandono. No necesariamente porque alguien se haya marchado, sino porque, de alguna manera, dejo de sentirme suficientemente acompañado. Y sé que ambas cosas no son lo mismo. Sé que las personas tienen sus propias vidas, sus obligaciones, sus silencios y sus maneras particulares de querer. Sé que el afecto no siempre se manifiesta con la intensidad, la frecuencia o la forma que uno necesita. Lo comprendo racionalmente. Puedo explicármelo con argumentos razonables y hasta convencerme, durante unas horas, de que no hay motivos para sentirme así.

Pero hay una parte de mí que no parece entender de argumentos.

Una parte que interpreta la distancia como ausencia, el silencio como desinterés y la falta de correspondencia emocional como una señal de que, quizá, estoy ocupando un lugar menos importante del que imaginaba. Y entonces comienza el interrogatorio interior. ¿He elegido bien? ¿Estoy construyendo mi vida sobre decisiones que realmente me acercan a la felicidad? ¿Cuánto de lo que hago responde a mis convicciones y cuánto nace del miedo a perder aquello que amo? ¿Y si el camino que he elegido, con todo el esfuerzo y las renuncias que implica, me está conduciendo a un lugar en el que terminaré sintiéndome solo?

Lo terrible es que estas preguntas no aparecen cuando tengo fuerzas para responderlas. Aparecen cuando estoy cansado, cuando la mente se vuelve una habitación sin ventanas y cualquier pensamiento encuentra la manera de convertirse en una amenaza.

Entonces cuestiono todo. Incluso aquello que, en otros momentos, me parecía indiscutible.

Y no sé si estoy descubriendo verdades que antes me negaba a mirar o si, sencillamente, estoy contemplando mi vida a través del cristal deformado de la tristeza.

Esa duda me desgasta.

Porque no quiero engañarme. No quiero justificar decisiones equivocadas por miedo a reconocerlas, pero tampoco quiero destruir lo que he construido cada vez que atravieso uno de esos periodos en los que todo parece perder su sentido. Quiero tener la lucidez suficiente para distinguir entre una realidad que necesita cambiar y una herida que, de vez en cuando, vuelve a doler aunque nadie la haya tocado.

Sin embargo, cuando la tristeza se instala, esa distinción se vuelve casi imposible.

Y el cuerpo empieza a hablar cuando la mente ya no sabe cómo hacerlo.

Llega la noche, y con ella la necesidad de descansar, pero el descanso no llega de verdad. Duermo a intervalos, despierto sin haber recuperado las fuerzas, permanezco atrapado en ese territorio incierto donde el cansancio convive con una mente incapaz de desconectar. Las horas avanzan y uno empieza a temer incluso el momento de acostarse, porque sabe que tendrá que enfrentarse otra vez a sus pensamientos.

A veces hay que recurrir a la medicación para conseguir dormir. Y entonces aparece otra paradoja: aquello que debería ayudarme a recuperar el equilibrio también puede dejarme sus efectos, su pesadez, esa sensación de no estar completamente despierto ni completamente descansado. Como si, después de pasar la noche intentando escapar de la propia cabeza, tuviera que afrontar el día siguiente arrastrando también las consecuencias de esa batalla.

Y, aun así, uno se levanta. Cumple. Trabaja. Habla. Sonríe cuando corresponde. Continúa haciendo aquello que se espera de él.

Desde fuera, quizá no parezca que sucede nada extraordinario.

Pero por dentro hay un océano.

Un océano inmenso, indiferente, sin orillas a la vista. Y yo estoy en medio de él, flotando a la deriva, sin saber muy bien cuándo comenzó la tormenta ni hacia dónde debería nadar. A lo lejos distingo otras embarcaciones. Hay personas a las que quiero, personas que forman parte de mi vida y a las que no deseo perder. Intento hacerles llegar mi voz, explicarles que algo me sucede, aunque ni siquiera yo sepa expresarlo con claridad.

Grito.

No necesariamente con palabras. A veces grito con mi silencio, con mi tristeza, con esa necesidad de sentir que alguien se detiene un instante y comprende que, detrás de mi aparente normalidad, hay un hombre que está intentando no hundirse.

Pero las embarcaciones continúan su rumbo.

Quizá porque no me oyen. Quizá porque el ruido del mar es demasiado fuerte. Quizá porque no saben que estoy pidiendo ayuda. O quizá porque yo mismo he aprendido a ocultar tan bien mi naufragio que nadie alcanza a distinguirlo.

Y esa es una de las soledades más difíciles de explicar: estar rodeado de personas y, sin embargo, sentir que nadie puede llegar hasta el lugar exacto en el que te encuentras.

No quiero que nadie me rescate de mi propia vida. No quiero convertir mis heridas en obligaciones ajenas ni exigir a los demás que llenen todos mis vacíos. Sé que mi equilibrio también es responsabilidad mía. Que debo aprender a reconocer mis mecanismos, a comprender mis miedos y a no depositar en otras personas la tarea imposible de impedir que vuelva a sentirme perdido.

Pero también soy humano. Y ser humano significa necesitar, algunas veces, que alguien se acerque sin que tengamos que explicar demasiado. Que alguien perciba el cansancio detrás de nuestras palabras. Que alguien pregunte de verdad cómo estamos y tenga la paciencia de escuchar una respuesta que quizá ni nosotros mismos sabemos formular.

No es una exigencia de perfección. Es el deseo de sentir que nuestra existencia deja alguna huella en la conciencia de quienes amamos.

Tal vez el problema sea que todavía estoy aprendiendo a distinguir entre necesitar afecto y necesitar que el afecto confirme mi propio valor. Entre sentirme solo y creer que he sido abandonado. Entre atravesar una mala etapa y pensar que toda mi vida ha sido un error.

Son fronteras delicadas. A veces basta una noche sin dormir, una conversación que no llega, una ausencia que se prolonga o una tristeza inexplicable para que esas fronteras desaparezcan.

Y, de repente, vuelvo a encontrarme en la casilla de salida.

O eso creo.

Porque quizá no sea exactamente el mismo lugar. Quizá el hombre que regresa a la oscuridad no sea ya el mismo que la habitó antes. Ahora conoce algunas de sus trampas, ha sobrevivido a decisiones difíciles y ha aprendido que la vida no siempre ofrece explicaciones a la altura de nuestro sufrimiento. Tal vez haya avanzado más de lo que puede reconocer cuando está triste.

Pero cuesta verlo desde el agua, cuando no hay tierra a la vista.

No tengo una conclusión hermosa que ofrecerme. Ni una frase definitiva que convierta esta confusión en una lección. Me cansan las respuestas fáciles, esas que pretenden encontrar un propósito en cada dolor y una oportunidad en cada caída. Hay días en los que el sufrimiento no enseña nada. Simplemente duele. Y lo único que uno puede hacer es atravesarlo sin añadirle la obligación de encontrarle un significado.

Hoy no sé si necesito cambiar el rumbo, revisar mis decisiones o, sencillamente, descansar de la necesidad de comprenderlo todo.

No sé si esta tristeza está señalando algo que debo escuchar o si es una tormenta pasajera que ha oscurecido, una vez más, el horizonte.

Lo único que sé es que estoy cansado de sentir que, justo cuando empiezo a encontrarme, algo dentro de mí vuelve a desaparecer.

Y, aun así, sigo aquí.

No porque tenga todas las respuestas. No porque sea especialmente fuerte ni porque haya aprendido a vencer mis demonios. Sigo aquí porque, incluso en medio de esta incertidumbre, hay una parte de mí que todavía no ha renunciado a encontrar tierra firme.

Una parte pequeña, silenciosa, casi imperceptible.

No sabe dónde está la costa. No sabe cuánto durará la travesía. Ni siquiera está segura de que alguien haya escuchado sus gritos.

Pero continúa flotando.

Y quizá, por ahora, eso sea todo lo que puedo pedirme: no confundir la oscuridad del horizonte con la inexistencia de la tierra, ni esta tristeza que hoy me llena por dentro con una sentencia definitiva sobre la vida que he elegido.

Porque todavía no sé hacia dónde voy.

Pero tampoco estoy dispuesto a declarar perdido todo el camino solo porque, por un momento, he vuelto a dejar de ver el destino.

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