Wednesday, June 10, 2026

CRÓNICA DE UN AUTOSABOTAJE: EL MAPA DE MI RETORNO

 

Llevo meses habitando un territorio mental extraño. Si tuviera que ponerle una etiqueta clínica, diría que caí de lleno en un sesgo de confirmación hiperactivo de carácter negativo. Básicamente, mi cerebro se convirtió en un filtro defectuoso. Desde finales del año pasado, cualquier estímulo externo —un correo electrónico, un mensaje de WhatsApp, un comentario al vuelo o una mirada— pasaba por un tamiz procesador que solo extraía la peor interpretación posible. Me volví picajoso. Buscaba el agravio en cada esquina lingüística, quedándome siempre con una lectura sesgada y hostil de la realidad.
La psicología explica esto muy bien a través de los mecanismos de defensa. Cuando la vida te golpea de golpe —y a mí me tocó lidiar con una separación, un divorcio, mudanzas constantes, kilómetros acumulados en la carretera para sostener vínculos afectivos y una asfixia económica que parecía no dar tregua—, el ego busca sobrevivir. Mi mente encontró una solución de emergencia bastante tramposa: adoptar el rol de víctima.
Sin darme cuenta, me acomodé en esa narrativa del sufridor. Era el "malo", el culpable, el blanco de todos los embates del destino. Este papel de víctima tiene una ganancia secundaria muy peligrosa: te exime de actuar. Te anestesia. Me instalé en una zona de confort disfuncional y postergué mi propia existencia. Dejé de habitarme para empezar a complacer al resto de forma sistemática y neurótica, sin que nadie me lo hubiera pedido. Pasé de ser un imán —alguien que atrae por su propia energía y luz— a convertirme en un cazador desesperado. Un cazador de validación, de migajas, de aprobación constante para compensar mi vacío interno.
Afortunadamente, el autoconocimiento es el primer paso hacia la reestructuración cognitiva. Hace un tiempo tomé una decisión firme: revertir este patrón conductual. Decidí que el objetivo prioritario era regular mi propio bienestar para poder ofrecer, después, una versión sana a los demás.
Hoy sé que estoy en el camino correcto. He orientado la brújula en la dirección adecuada y mi nivel de consciencia sobre el problema es total. Sin embargo, los procesos de cambio no son lineales. La salud mental no entiende de líneas rectas. Hay días que amanecen claros y brillantes, días en los que siento que he recuperado las riendas. Pero, de repente, la sombra vuelve a proyectarse. Reaparecen obstáculos que creía completamente superados y, de forma recurrente, tropiezo con los mismos sesgos del pasado. Esos momentos de recaída son bofetadas de realidad que escuecen, pero que también enseñan.
Salir de este bucle no es un evento con fecha de caducidad ni un proceso que se resuelva de la noche a la mañana. No hay plazos. Es un trabajo diario que se sostiene sobre pilares muy claros: la constancia, la perseverancia y una resiliencia activa. Requiere disciplina para no escuchar la voz que me invita a volver a quejarme, espíritu de sacrificio para romper la inercia del victimismo, y la humildad necesaria para buscar asesoramiento y ayuda profesional. Pero, sobre todo, este camino se transita gracias a la red de contención más importante: el amor incondicional de aquellos que me quieren bien y me recuerdan quién soy cuando a mí se me olvida. Sigo en ruta, con mis luces y mis sombras, pero avanzando.
Y sí!, me he vuelto a dar de bruces con mi realidad. Me la he vuelto a pegar otra vez justo en el mismo sitio!
Y sí!, parece que no voy a ser capaz. Que voy a destruir todo y a todos a mi alrededor, dejando una una ristra de cadáveres en las cunetas que transito a mi paso.
Y sí!, Pues claro que duele!

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